Afganistán, diez años de una reconstrucción fallida
Diez años después de que Estados Unidos emprendiera su lucha contra el terrorismo en territorio afgano, el país asiático se encuentra en un callejón sin salida.
Diez años después el mundo sigue dividido. El 11 de septiembre de 2001 el Presidente de la primera potencia mundial pronunció las palabras que marcaron el rumbo de la política exterior de la siguiente década: "América está siendo atacada". El fantasma que amenazaba la seguridad del país más poderoso del mundo tenía nombre: el terrorismo.
A partir de ese momento el mundo se dividió entre enemigos y aliados. Osama Bin Laden, a la cabeza de los talibanes, se convirtió en el hombre más buscado por la inteligencia estadounidense y el líder del terrorismo islamista.
La idea de acabar con Al Qaeda obsesionó a EEUU y sus aliados, haciendo que la primera potencia concentrara su política exterior en la intervención militar de un pequeño país del corazón de Asia. Si bien es cierto que Estados Unidos relegó otros frentes estratégicos de sus relaciones internacionales, como Europa y América Latina, la intervención militar en Afganistán fue entendida, en su momento, como una necesidad de salvaguardar la seguridad mundial.
En su afán por vencer al enemigo, más que por un sentimiento proteccionista, el 7 de octubre de 2001, Estados Unidos decidió invadir Afganistán. Se trataba de una de las mayores operaciones militares realizadas por el país norteamericano que, según sus justificaciones, pretendía reconstruir un Estado pobre, con el analfabetismo al límite y cuyos cultivos de opino han sido sostén de una de las peores organizaciones subversivas.
La intervención que en un primer momento generaría expectación entre los afganos hoy se agota, y con ella las esperanzas de un cambio de una Nación que actualmente parece malograda.
Afganistán, un intento fallido
Diez años después de la decisión del ex presidente George Bush de intervenir militarmente el Estado afgano, este se perfila fallido. Su condición de país empobrecido y sometido a la amenaza talibán poco ha mejorado. Recomponerlo ha sido una audacia de la que ha quedado la sensación de fracaso.
Pero es que la historia entre EEUU y Afganistán está marcada por los reveses. En las últimas décadas las guerras y los conflictos se han sucedido en el país asiático.
En 1978 tuvo lugar la Revolución de Saur, de corte comunista. El entonces líder afgano Mohammed Daud Khan fue depuesto por sus opositores del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), que inicialmente había sido su aliado.
El 17 de abril de 1978, Mir Akbar Kaibar, destacado militante del PDPA, fue asesinado por agentes del régimen de Daud. Este sería el detonante de la revolución.
El levantamiento comenzó el día 27 en Kabul y se extendió al resto del país en las siguientes veinticuatro horas. Además de los militares profesionales, colaboraron milicias populares. En la noche del 27 al 28 de abril, unidades militares irrumpieron en el corazón de Kabul. Con la ayuda de la fuerza aérea las tropas sublevadas vencieron la resistencia de la guardia presidencial. Daud murió durante el ataque.
El Coronel Abdul Qadir tomó el mando del país, hasta el día 30, cuando se lo traspasó voluntariamente a Nur Mohammad Taraki. Cientos de miles de personas festejaron en las calles la victoria de la revolución.
El Gobierno de Taraki tuvo toques revolucionarios. Promovió la igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, permiso de transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la compra de mujeres, integración de mujeres al trabajo y a estudios universitarios, así como a la vida política con cargos públicos.
Entonces empezó la lucha intensa contra los fundamentalistas islámicos. Se produjo la Guerra de Afganistán (1979-1989), también conocida como Guerra Soviética en Afganistán. Se trató de un conflicto armado de nueve años de duración que implicó al ejército soviético, conjuntamente y en apoyo al Gobierno del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) contra los fundamentalistas islámicos insurrectos, quienes eran apoyados por Estados Unidos y otras naciones, en el contexto de la Guerra Fría.
Estados Unidos vio la situación como una oportunidad para debilitar a la URSS. En 1978, los estadounidenses comenzaron a formar insurgentes y establecer emisiones de propaganda para Afganistán desde Pakistán, sin saber que con el tiempo estarían preparando militarmente a quienes serían sus enemigos.
En 1989 se retiraron los soviéticos pero la guerra civil siguió. En 1996 los talibanes impusieron su régimen basado en la Sharia. El fundamentalismo islámico, sumado al apoyo económico proveniente del cultivo de opio, hizo de los talibanes un enemigo poderoso que se despertaría violentamente la mañana del 11 de septiembre de 2001.
Una reconstrucción utópica
En octubre de 2001, la llegada de las fuerzas militares internacionales en Afganistán fue recibida como una luz de progreso por parte de la comunidad afgana, el lema de las fuerzas extranjeras era “venimos a ayudar”.
Diez años después la desesperanza y la violencia se han adueñado del país. Aquellos que fueron denominados libertadores empezaron a ser vistos como invasores. La que Bush denominó “guerra contra el terror” dejaría a los norteamericanos, y las fuerzas aliadas, bajo el calificativo de verdugos.
El desconocimiento de la situación y de las costumbres afganas ha hecho que la reconstrucción sea una ilusión. El país carga con una historia de guerra y desconfianza en las instituciones sociales, a la que se le suman generaciones de civiles sin acceso a la educación y la precariedad de una economía de subsistencia.
La reconstrucción acentuó su signo de utopía con la guerra de Irak, que fue un punto de mira de Bush desde el principio de su intervención en Afganistán. Esta guerra desvió recursos y esfuerzos que claramente dejaron la puerta abierta a los talibanes afganos que pronto iniciaron una reconquista de sus territorios perdidos.
La violencia aumentó significativamente en 2006 y 2007 y con ella la frustración. La guerra en Afganistán ha causado cerca de 2.700 muertos entre las tropas internacionales y los civiles se han llevado la peor parte. Más de 10 mil personas han muerto desde 2007 y el número aumenta.
El sur y el este del país son las zonas más violentas, sin duda, porque son, a la vez, los territorios más propicios para el cultivo de opio, fuente de financiación de los talibanes.
En el año 2009 Barack Obama se posesionó como presidente de Estados Unidos. Desde su campaña presidencial prometió la retirada de las tropas de Afganistán que espera completar en 2014. Hoy la retirada, aunque paulatina, es una realidad. Como real es, también, el peligro de que la Nación afgana quede en manos de un Gobierno cuestionable que carece del apoyo social para garantizar una reconstrucción autónoma.
Vivian Murcia G.