Las dudas éticas en la crónica de Gay Talese

Publicado en por vivienblog

Las dudas éticas en la crónica de Gay Talese
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No me uno a la lluvia de críticas puritanas pero tampoco defiendo al veterano periodista

No soy periodista especializada en ética, tampoco he hecho periodismo de largo aliento, esto es, el periodismo de inmersión en el que estás días, meses y hasta años esperando a que una fuente te dé una noticia que marca un antes y un después. Soy una redactora inmediata sobre noticias culturales, pero al fin y al cabo, periodista. Como tal, he pasado cinco años en la facultad aprendiendo a escribir -que nunca se deja de aprender- y a descubrir -que tampoco se deja de aprender- temas.

 

Como cualquiera que haya pasado por la facultad de periodismo, también tuve que ver una asignatura titulada "ética periodística" que trata de dar fundamentos para que los que nos dedicamos a dar información pública lo hagamos de manera correcta, con el mayor rigor posible. Así, la ética periodística constituye uno de los componentes de la cultura de este gremio.

 

De la variedad de códigos de ética periodística, así como de opiniones de periodistas que han reflexionado acerca de su quehacer, algunos académicos -mucho más especializados que yo- formulan una normativa que sintetiza en principios la ética de los periodistas:

 

  1. Informar veraz, exacta, amplia y oportunamente.
  2. Investigar e interpretar y opinar desde el interés público (del pueblo, de la sociedad civil, de los ciudadanos, del bien común de la sociedad).
  3. Difundir, exigir y defender los derechos y deberes personales y colectivos.
  4. Fiscalizar con independencia los poderes del Estado, del mercado y de la sociedad civil.

Hasta aquí vamos bien. A los periodistas se nos forma en la universidad para ser el contrapoder y, para mí, ese es el deber ser de la profesión. Modestamente, estoy convencida de que si un periodista quiere ganar más dinero o fama a punta de favores de altos cargos, bien puede apuntarse a una escuela de mercadeo y publicidad, rama que respeto, pero que no comparto en absoluto. En mi caso, avalo completamente aquella frase con la que fui educada en la facultad: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda”[1] .

 

Pero ha llegado el momento de mis dudas. Todo empezó hace unos días cuando uno de los grandes del periodismo, nada más y nada menos que el veterano Gay Talese, publicó en la revista The New Yorker su crónica The voyeurs motel (El motel del voyerista).  

  

El reportaje de 16 páginas, que es apenas el adelanto de un libro que se publicará en los próximos meses, narra la historia de Gerald Foos, un hombre que contactó con Talese cuando trabajaba en su libro La mujer de tu prójimo, hace 33 años, para contarle que había remodelado un hotel en Colorado para poder espiar durante décadas a sus huéspedes teniendo relaciones sexuales desde un falso techo en las habitaciones.

 

Solamente dos personas sabían el secreto de Foos: su esposa y Talese, quien aceptó viajar a Colorado para conocer el lugar, ingresar por los conductos diseñados para el espionaje y observar junto al voyerista a una pareja teniendo sexo oral en una de las habitaciones.

 

Hasta aquí vamos bien. Yo, como lo hizo Talese, hubiera seguido indagando sobre las rutinas voyeristas de Foos para contar su historia. No dudaría que sería una crónica que descubriría a un personaje sórdido, con serios problemas psicológicos, pero a la vez fascinante en términos periodísticos. Para mí, una gran historia que valía la pena ser contada.

 

Pero los enredos de Foos fueron a más y a peor. En la correspondencia que Foos y Talese mantuvieron durante años, el dueño del motel le confesó al escritor que, además, había sido testigo de un asesinato cuando espiaba a sus huéspedes, pero que no le había dicho nada a la policía, a fin de mantener oculta su perversión.

 

No es la primera vez que Talese es criticado por sus métodos de periodismo inmersivo. Para poder escribir el libro Honrarás a tu padre, el cronista convivió con mafiosos, y durante el proceso de investigación de La mujer de tu prójimo, extenso reportaje donde explora las costumbres sexuales de los estadounidenses, Talese montó una casa de masajes. Todos los puritanos entraron en pánico.

 

Cuando se supo que Talese conocía los secretos de Foos, las críticas, especialmente en Twitter, no se hicieron esperar y fueron despiadadas. “Tal vez Talese, en el fondo, lo único que ha hecho es ser un buen periodista. O tal vez no. Solo hay una cosa que es segura en todo este asunto: Gerald Foos es un ser despreciable. Y Gay Talese también”, dijo Manuel de Lorenzo en el diario español El Progreso. Para Isaac Chotiner, de Slate, el artículo es un ejemplo de falta de ética periodística en la que hay muchas víctimas a cambio de una historia que no es un asunto de gran interés público, lo cual hace que Talese tuviera “la obligación como ciudadano de desvelar el comportamiento repulsivo, peligroso e ilegal de Foos, y no lo hizo”.

 

Pero también están quienes han defendido al veterano reportero de 84 años, como Eric Wemple en el Washington Post, quien argumentó que “la insistencia en que Talese tendría que haber acudido a la policía afecta a la legitimidad misma del periodismo. Apenas el público comience a ver a los periodistas como una extensión de los informantes policiales, adiós”. Por su parte, David Remnick, director de The New Yorker, defendió que Talese no fue en ningún caso testigo del asesinato ni pudo hacer nada para su esclarecimiento y que el periodista “no violó ningún límite legal o ético”, aseguró.

 

Tras leer estos argumentos, mi duda se acrecentó: ¿está bien callar un crimen para realizar un reportaje? y me respondí de manera inmediata: "claro que no". Sin embargo, han pasado unos días desde que Talese y su "indiscreción" (como titulaba El País) se hiciera pública, lo que me ha dado tiempo para pensar detenidamente.

 

Entonces recuerdo la definición de ética de Fernando Savater: "el arte de vivir, el saber vivir, por lo tanto, el arte de discernir lo que nos conviene (lo bueno) y lo que no nos conviene (lo malo)".  Esta definición me hace preguntarme ¿Qué pensaba Talese al callar la confesión de un testigo de asesinato?¿Debe prevalecer la conveniencia de una buena crónica periodística a la confesión de un crimen?

 

En medio de tanto ruido mediático que ha tenido este hecho, he pensado que discernir lo bueno y lo malo es un asunto personal que puede tener un límite en los periodistas cuando estos sopesen el bien mayor del bien menor ante la confesión de una fuente. Me temo que no puedo defender a Talese. La crónica -la del voyerista- no representa un bien mayor para mí. Puede ser una actitud mojigata, pero ante un posible crimen prefiero alertar a la autoridad correspondiente.

 

Sin embargo, hay que reconocer que Gay Talese, como sagaz y experimentado periodista, lo supo hacer: cuidó su fuente -el único tesoro de los periodistas- y puede salir libre de cualquier indicio de culpa legal.

 

Este otoño, el escritor de 84 años publicará el libro que contiene la crónica del voyerista y, para entonces, 36 años después de haber tenido el testimonio de Foos, puede que ya haya prescrito cualquiera de los delitos en los que hubieran incurrido los dos. 

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[1] Horacio Verbisky, Un mundo sin periodistas, Buenos Aires, Planeta, 1998, p. 16.

 

Foto: Gay Talese. Wikipedia. 

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