Las 'Voces de Chernóbil' de Svetlana Alexiévich
Una reseña sobre el libro de la premio Nobel.
A través de los relatos de las víctimas, la bielorrusa retrata en su libro Voces de Chernóbil (1997) la tristeza y consecuencias que dejó el accidente atómico que cumple 30 años.
Svetlana Alexiévich nos pone frente a testimonios desgarradores y la confusión de los primeros momentos tras la tragedia, las semanas, los meses y los años posteriores, vistos a través de quienes los vivieron. Estos testimonios permiten al lector emerger con una idea de lo que es ser arrasado por una catástrofe y tratar de volver a la vida, como un fantasma.
Alexiévich usa el periodismo para preguntar y, sobre todo, para escuchar a los afectados. Claramente, de su lectura se extrapola que no bastaron las explicaciones científicas de los expertos ni, mucho menos, los discursos políticos que intentaron, si no justificar, por lo menos apaciguar, semejante error.
En Voces de Chernóbil, el periodismo se confunde con la literatura, lo que no es un error, por el contrario, la narración resulta enriquecida. La capacidad de hacer que el lector sienta empatía por aquellos que vivieron un momento semejante es un logro tanto para un periodista como para un escritor. Leer a Alexiévich es poder escuchar y, así, estar en Prypiat esa madrugada del 26 de abril de 1986. Leer Voces de Chernóbil también significa tener la necesidad de, 30 años después, seguir recordando uno de los episodios más vergonzosos de la humanidad con el objetivo de alertar ante cualquier otra amenaza nuclear (hoy tan factible).
La conclusión de la lectura no es otra que la inconclusión. Tampoco es un error. Como en cualquier tragedia en la que está implicado el gobierno de turno, las víctimas no tienen respuestas claras, ni las tendrán. En Voces de Chernóbil, el lector, al igual que las víctimas, intentará hallar un responsable, pero se encontrará ante la incompetencia comunicativa, los términos inconclusos y confusos utilizados por los gobernantes. El libro también enfrenta al lector al reto con el que han vivido las víctimas: lidiar con el fantasma de la muerte durante 30 años.
Tal como recalca su propia autora, este no es un libro sobre Chernóbil, sino sobre sus consecuencias -las pasadas y las futuras-, sobre personas a las que les tocó vivir una nueva realidad que todavía existe pero que aún no se ha comprendido. Aquellos que sufrieron Chernóbil son los supervivientes de una Tercera Guerra Mundial nuclear. Según Alexievich, en este mundo hostil "todo parece completamente normal, el mal se esconde bajo una nueva máscara, y uno no es capaz de verlo, oírlo, tocarlo, ni olerlo. Cualquier cosa puede matarte... el agua, la tierra, una manzana, la lluvia. Nuestro diccionario está obsoleto. Todavía no existen palabras, ni sentimientos, para describir esto".
La historia
El 26 de abril de 1986 el reactor Nº 4 de la central nuclear Vladimir Lenin aumentó su potencia y generó el calentamiento del núcleo del reactor, lo que de manera inevitable produjo la explosión de hidrógeno que éste contenía. Esa es la síntesis de un hecho sin precedentes que le dio un vuelco a la vida de las personas que habitaban Chernóbil y sus alrededores.
La central, ubicada a 18 kilómetros de Prypiat (actual Ucrania) y a 16 kilómetros de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, era uno de los lugares de experimentación nuclear más reconocidos de la época y representaba una de las hazañas científicas de avanzada del Estado soviético.
Las consecuencias del hecho aún son incalculables, Prypiat es hoy una ciudad fantasma, inhabitable, los expertos señalan que los materiales radiactivos y tóxicos son 500 veces superiores a los liberados por la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945. El accidente nuclear (calificado como el más grave de la historia) se produjo a la 1:00 de la madrugada. Los grupos humanos fueron evacuados durante las semanas posteriores a la explosión, este exilio obligado marcó la historia de los sobrevivientes. Muchos de ellos han regresado a escarbar su pasado, incluso a reincorporarse a un espacio que, por supuesto, ya no es el mismo. La paradoja viene de la contraparte del uso nuclear: la naturaleza. Hoy Prypiat está habitada por un verde intenso, la flora de la zona asombra por su belleza, se trata de especies simbióticas con colores y formas sin antecedentes que conviven con humanos que se sienten diferentes y extraños. El terror y la belleza se miran de frente.
La tarea de la Nobel fue haberse dedicado a escuchar a quienes no habían sido escuchados, los herederos de un error humano. Para mí, un trabajo periodístico impecable.
Foto: Svetlana Alexiévich / Wikipedia.
